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RICHARD COLEMAN: EL LADO OSCURO DE UN CORAZON SOLITARIO

Está todo de negro cuando estalla el misticismo. Richard Coleman, en compañía de su guitarra electroacústica, nos viene a ofrecer una noche perversamente oscura y solitaria. Su única ladera es esa inconfundible voz que, con cada nota, entrega escalofríos y envuelve el hermoso N8 Estudio como si fuese la única salida de este mundo.

Está aquí luego de casi diez años, demostrando su perfeccionismo poco virtuoso y sosteniendo una bandera que sólo algunos se animan a levantar. Parco y distante por momentos, apenas sube al escenario confirmamos que la era del dark sigue vigente, o por lo menos guarda el prestigio de siempre. Y Coleman, ese poeta oscuro y presumido, está en nuestra ciudad explotando a fondo su veta cancionera, repasando temas de sus inconfundibles bandas para pocos, algunas canciones de sus eternas colaboraciones con artistas como Gustavo Cerati o Charly García, más todo su reciente bagaje solista.

Aunque siempre fue un militante de la distorsión, este formato de show le sienta bien. Clásico y british, lentamente comienza a desempolvar sus incomprensibles metáforas en castellano, y se transforma en un vampiro seductor al interpretar los temas de su primer disco solista “Siberia Country Club”: Turbio elixir, Normal, Hamacándote, entre otras. Desempolva clásicos de Fricción (Enjaulados, Héroes), de Los 7 Delfines (Dale salida, Sádica), de Soda Stereo (En el borde), y nos regala algunas gemas de su reciente álbum de homenajes “Song is a song”: Midnight Rider de los Allman Brothers, Thick is a Brick de los sinfónicos-progresivos Jethro Tull, Wild is the wind de David Bowie, y una delicada versión de Changes de Black Sabbath, incluida en el “Volumen 4” de la banda fundacional del heavy metal, allá por el año 72. Así volvió Coleman a nuestra tierra, haciéndole frente al Sol con un set curtido y pasional, sometiéndonos a un sonido ya patentado por su delicadeza, donde lo experimental se abraza a la oscuridad para despojarnos de toda tristeza existencial. Después de todo, dale salida.

 

Por Juan Pablo López

Fotos: Jerónimo Frustaglia