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LUCA PRODAN (1953-1987): ¡Yo estoy al derecho, dado vuelta estas vos!

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En 1983, la República Argentina se encontraba inmersa en un escenario muy particular. La dictadura había dado paso a la democracia y las ciudades empezaban una etapa de renovación en todos sus aspectos culturales: la música, el teatro y las artes plásticas. Dos años antes, un italiano llamado Luca Prodan, había desembarcado en las Sierras de Córdoba con una misión fundamental: escapar de su adicción a la heroína.

Nadie imaginaba que años después, este extranjero que apenas podía tocar la guitarra y hablaba sólo un par de palabras en castellano, iba a dar vuelta la historia del rock nacional al formar Sumo, una de las bandas más emblemáticas que jamás haya dado nuestro país.

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Desde que llegó a Córdoba, más precisamente a la estancia familiar de su ex compañero de colegio en Escocia Timmy Mckern, utilizó la música como vía de escape para su salud mental. Grababa casetes con improvisaciones y mensajes para su familia, relatando todo lo que sucedía en su nueva vida de campo. Pero Luca era un bicho de ciudad y en cuanto pudo formar una banda estable -luego de enseñarles a tocar algunos instrumentos- decidió emigrar a Buenos Aires para encarar un nuevo proyecto de vida: Sumo.

Con el correr de los años, Sumo supo ganarse el respeto de la escena, llegando a obtener una fama impensada luego de estar durante mucho tiempo fuera del negocio de la música y alzando la bandera de fenómeno contra-cultural. Con el respaldo de tres grandes discos: Divididos por la felicidad (85), Llegando los monos (86) y After Chabón (87), Luca y su banda renovarían los aires del rock argentino poniéndole a nuestra música su extravagancia y el toque de rebeldía punk que le faltaba.

Ese colectivo de músicos que comandaba, entre ellos Ricardo Mollo, Diego Arnedo, Germán Daffunchio, Alejandro Sokol, Roberto Petinatto y Superman Troglio, interpretó con talento sus ideas y las llevó hacia una verdadera experiencia de rock multicultural a través de un amplio abanico genérico que incluía reggae, punk y rock duro.

Después del under llegaron los premios, las entrevistas televisivas, la fama. Pero Luca siguió siendo el mismo. Era un tipo que sabía de arte, cultura, sensibilidad, de viajar por el mundo, de ser creativo. Y como persona, no era músico de rock, ni artista, era un tipo de la calle. Un loco más de la jungla que vivía como un mendigo, con la ropa sucia, rota, caminando en ojotas, con el pan bajo el brazo, pobre.

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Esa vida le permitió hacerse argentino y entender las bases de una sociedad lastimada y reprimida, pero con indudables delirios de grandeza. Por eso, a partir de sus experiencias, no le resultó difícil remover con frescura y melancolía las bases de nuestro rock, dándole a los chicos del barrio una música que podían sentir, música que tenía contenido simple y directo, y que llegaba derecho al corazón.

Con el tiempo, sus problemas de alcoholismo lo fueron alejando de este mundo. Así, dos días después de su último show en vivo, en diciembre de 1987, fue encontrado sin vida en su casa de Alsina y Defensa, víctima de una cirrosis hepática. Tenía tan sólo 34 años.

Hoy, descansa en el cementerio de Avellaneda y todavía se pueden encontrar en las paredes de Buenos Aires pintadas que claman: “Luca not dead”.

El tiempo pasa, nos vamos poniendo tecnos. Nos quedan sus canciones, sus frases, su alegría y el recuerdo hermoso de una persona que vino a nuestro país a quedarse para siempre en nuestros corazones. Luces calientes atraviesan mi mente, te veo a vos. Mentira, mentira, a dónde fuiste, a dónde fuiste, mentira, mentira, a dónde fuiste.

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