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INDIO SOLARI: Si no hay amor que no haya nada

PH: Nacho Gaffuri / MDZ

PH: Nacho Gaffuri / MDZ

Resulta muy distinto escuchar que “en los recitales del Indio Solari se arma el pogo más grande del universo”, que vivirlo. Resulta muy difícil entender que un show musical puede convertirse en una oración de rock, sin asistir a esa misa. Es complicado visualizar el momento cultural que se mueve en masas multitudinarias, de un show que pasa a ser secundario respecto a la previa del mismo. Repito, hasta vivirlo.

El espectáculo se empieza a sentir desde mucho antes de subirse al auto para dirigirse al lugar elegido. La sensación del show del Indio Solari comienza con la preparación del camping: asado, leña, mate, cerveza y vino son los predominantes para calmar la sed y el hambre. Camino al lugar, en este caso el Autódromo Jorge Ángel Pena, de San Martín, Mendoza, no se escucha otra música que no sean Los Redondos o el Indio. Cada uno elije si mezclar todo o escuchar cada disco como “concepto”, pero lo que sí se respeta a religiosamente, es que sólo se escuchan canciones ricoteras.

La ordenada llegada al autódromo hacía comenzar la ebullición de los nervios y la ansiedad,  una sensación que no se iría hasta el último tema del show. Avanzamos lentos pero disfrutando cada persona, cada grupo, todo el entorno es una postal que jamás se va a olvidar del show. La seguidilla de asados, los puestos de remeras, las banderas, los fuegos de artificio y por supuesto, la variedad de personajes que van a un recital con formato de fiesta religiosa. Quizás como esas misas negras donde todos cantan y bailar alegremente, pero del rock y multitudinario.

Toda ciudad donde se realiza un show del Indio Solari, sufre una metamorfosis que luego volverá a su normalidad y en el caso de San Martín, los más de 150.000 fanáticos que asistieron superaron ampliamente a los que viven a diario en la ciudad. El departamento de la ciudad de Mendoza se puso a merced del recital.

PH: Nacho Gaffuri / MDZ

PH: Nacho Gaffuri / MDZ

Se habla mucho de los shows o de la famosa “misa ricotera”. Se dice que es un peligro, se dice que es un caos o que las personas que asisten están todas locas, pero la realidad indica todo lo contrario. El clima de fiesta que se vive es inaudito. No se puede exigir que todos los presentes estén sobrios porque cada persona hace de su vida lo que cree mejor, lo que sí se puede pedir es respeto entre todos y eso es lo que sobra en este show. Los que comparten “la misa”están todos mentalizados en pasarla bien sin hacerle mal a nadie, en divertirse sin lastimarse entre ellos y en cuidarse como una familia que comparte esta misma religión, la ricotera.

Llega la hora del show, o la hora en la que cada uno elige entrar al predio seleccionado y, cual procesión, caminan al encuentro que los lleve lo más cercano al escenario posible. Jóvenes, adultos, niños y familias llegan al encuentro que esperaron por tanto tiempo, se nota en sus caras la ansiedad, el nerviosismo y que nada, pero nada los va a detener en su disfrute.

La caminata hacia el show se hace divertida, todos van cantando, tirando fuegos artificiales, festejando lo que está por venir y como un mar de cabezas se empieza a distinguir la dimensión del Autódromo Jorge Ángel Pena, de San Martín, Mendoza. La organización se nota experimentada ya que casi en ningún momento se detiene el ritmo de los pasos, mientras revisan las entradas y hacen los respectivos controles de seguridad donde no permiten el paso de botellas, armas ni elementos cortantes.

PH: Nacho Gaffuri / MDZ

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Pero se apagan las luces y todo se vuelve surrealista. Es como estar viviendo un sueño y donde los que asistimos por primera vez, empezamos a entender todo lo que habíamos escuchado de estos recitales. Sube el indio y es recibido como un profeta más que como un músico o un ídolo. Es el encargado de dirigir, llevar y hacer delirar a todos con la lírica de sus canciones. Sin ser demasiado sociable con su público, la imagen de él sobre el escenario es imponente. Por lo que fue, lo que es y quizás, lo que seguirá siendo hasta convertirse en leyenda. La gente llora a cántaros como si necesitara explicación de lo que está pasando y el indio se encarga de fundamentarlo tocando todos sus hits. Y aunque si bien es imposible tocar la totalidad de la discografía de los redondos y de su carrera solista, con más de 2 horas de show, deja a todos conformes con su repertorio por el que pasaron: “Luzbelito” “Ceremonia en la tormenta”, “Todo preso es político”, “La hija del fletero”, “El tesoro de los inocentes”, “El arte del buen comer”, “Vuelo a Sidney”, “Las increíbles andanzas del capitán Buscapina en CyberSiberia”, “Gualicho”, “Yo caníbal”, “La murga de la Virgencita”, “Vino Mariani”, “Pabellón Séptimo”, “To beef or not to beef!”, “Un ángel para tu soledad”, “Rock para el negro Atila”, “Divina TV Fuhrer”, “A los botes”, Mariposa Pontiac/Rock del país”, “El pibe de los astilleros”, “Juguetes perdidos”, “Flight 956” y otros. Pero toda oración tiene su final y el de los show del Indio Solari, es un final conocido: el pogo más grande del universo. Llega “Ji ji ji” y la vida de los presentes cambiaría a partir de ese momento, todos eramos partícipes de un momento histórico, pero no sólo para los fans, sino también para el mismísimo Indio que estaba presenciando el show más grande de su carrera y se encargó de comunicárselo a todos: “Este sin duda va a ser el pogo más grande del universo”. Con una energía y felicidad indescriptible, más de 150.000 almas bailaron al ritmo de la liturgia ricotera que casi como el “Amén” de las oraciones religiosas, termina “Ji ji ji” y todos se dan la vuelta y se van.

El final es tan feliz como lo esperábamos todos, la misa ricotera terminó en paz y el frío no logró mover ni una sóla persona del predio. Y como bien dice el artista y en sus shows se cumple a la perfección: “Si no hay amor, que no haya nada entonces.”

 Por Jerónimo Frustaglia / PH: Nacho Gaffuri  (MDZ)