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Cuentos de rock: LA DESAPARICION DE RICHARD

Moby Dick Zig Ziglar Tanto le costó dormir a Richard esa noche que pensó en tomar algún tranquilizante que lo sedara un poco, pero terminó desechando la idea por temor a no cumplir con el horario matutino que se había propuesto. Ya había pasado la medianoche cuando sacó del bolso el reproductor de música y se colocó los enormes auriculares, para buscar luego entre las infinitas canciones hasta dar con la que quería, y dejar atrás el sonido vacío del cuarto. Dejó sus lentes sobre la mesa de luz, se sentó en el sillón de la sala envuelto en una manta, y clavó la mirada a través de la ventana, hacia una noche negra como pocas veces había visto en su vida.
Con mucha calma preparó el desayuno de la mañana siguiente, recordando la historia que su padre le contara una y otra vez cuando niño, la misma que le había contado su abuelo a su padre, y que había sido contada a través de las generaciones de su familia, luego de que su tío bisabuelo Herman la contara por primera vez más de un siglo y medio atrás. Pueden ustedes llamarme Ismael. –dijo quitando las tostadas del fuego.
Después del desayuno empacó en una mochila las pocas cosas que necesitaría para el viaje, y dejó su habitación decidido a comprobar que aquella historia era tan real como sus discos, como sus adicciones y su juventud, o como su brillante cabeza calva. La historia que de ser cierta, confirmaría su destino de grandeza.
Al bajar, una mucama de pelo castaño lo saludó con una sonrisa. Buenos días señor Hall- Dijo pronunciando su apellido ficticio, con esa misma mueca tan repetida que había terminado por aborrecer de los demás, como si en verdad le conocieran o supiera algo de él. Dejó la llave del cuarto sobre el mostrador y salió de la pensión sin dejar rastros, convencido de su destino.
La mañana se presentaba nublada y gris, con tan pocas personas en la calle como pueden haber en un domingo de frío en el pleno invierno de Nantucket, tal y como él lo había previsto. Agachó la cabeza y caminó a paso firme deseando tener la fortuna de no cruzarse con otras personas en su trayecto al puerto, pero para su mala fortuna, un par de cuadras más adelante un grupo de adolescentes que regresaba a casa luego de una larga noche le pidió que les tomara una foto. Cuando por fin los flashes cesaron, reemprendió su camino al muelle, rogando que aquella parada no pusiera en riesgo su plan.
Al llegar caminó nervioso por la rambla que lo llevaría hasta su barco. Quizás fuera la única persona allí, pues así había planeado su horario: un rato después de que salieran los pescadores, pero justo antes de que el resto de la gente despertara. Justo antes de llegar a su destino, lo sorprendió un policía pidiéndole que le otorgara su permiso para navegar. Richard sacó del bolsillo los papeles correspondientes y los entregó sin decir una palabra. Que tenga buen viaje. –Comentó el policía devolviéndole los documentos. Richard respiró hondo y decidió tomarlo como un buen augurio, sabiendo que era un fantasma en aquel pueblo, y se dispuso a partir.
Sacó un mapa de ruta y trazó con un lápiz azul el camino a seguir de memoria, recordando la historia palabra por palabra. Según sus cálculos, tres días era todo lo que necesitaba para llegar allí, y por fin comprobar lo que su tío abuelo había develado tantos años atrás. Y así se hizo a la mar, olvidándose del mundo.
Moby-Dick-2Cuando por fin no pudo divisar ni un solo pedazo de tierra sintió que algo se aflojaba dentro suyo, como si le quitaran de encima las manos que desde hacía años le presionaban el pecho veinticuatro horas al día. Allí nadie pretendería saber que lo conocía, ni simularía ningún afecto por él. Nadie le pediría nada. Allí no era más que otro pez navegando por las heladas aguas del Atlántico.
Navegó por dos días sin el menor signo de hallar lo que buscaba, pero sabiendo que iba en la dirección correcta. No había lugar para la duda. Cientos de veces había escuchado aquella historia, y cientos de veces la había imaginado.
En medio de la noche un estruendo lo despertó. Abrió los ojos sin saber qué día era. Su mano aún apretaba con fuerza una botella de whisky vacía. Se incorporó con dificultad, intentando no golpear su cabeza contra el techo debido a la intensa marea, o quizás fuese la borrachera quien sabe, y otra vez lo escuchó sonar. Era ella.
Con gran excitación Richard salió del camarote y parado en la cubierta intentó que su prodigioso oído le dijera en qué dirección debía ir, pero no escuchó esta vez más que el ruido de la marea. Destapó otra botella y brindó a su salud.
Volvió a ingresar en el camarote un rato después, sin noticias de ella, y fue entonces cuando la escuchó por tercera vez. Un sonido tan grotesco que pondría los pelos de punta al mismísimo Lucifer, pero que hacía a Richard delirar de felicidad, rugió a lo lejos. Aguardó unos segundos más, sabiendo que era ella quien había venido a su encuentro. Con los ojos puestos en la oscuridad del mar, sin saber en dónde, pero sabiendo que estaba allí, Richard aguardó por una última señal.
Escuchó su resoplido y los ojos se le llenaron de lágrimas. Finalmente la encontraba, finalmente aquella historia se volvía cierta, finalmente había llegado el momento que tanto había esperado. Bebió de un sorbo el poco whisky que le quedaba y se colocó el salvavidas como pudo. Abrió a duras penas los ojos y la divisó a lo lejos, rebotando la luz de la luna que le daba en el lomo.
¡Allá voy amiga mía! –gritó Richard en medio de la noche, arrojándose al agua, dejándose llevar hacia ella, tal y como se lo había contado su padre, tal y como lo había relatado su tío abuelo Herman años atrás, flotando despacio hacia ella, cada vez más cerca, hasta esfumarse por completo.
Días después el cuerpo de Richard fue encontrado en las costas de Montauk, al Este de Nantucket, y trasladado al hospital de urgencia.
Cuando por fin pudo abrir los ojos, no reconoció la cara que lo observaba desde arriba. Una mujer de mediana edad que vestía un gorro blanco le sonrió, y Richard le sonrió de vuelta. ¿Cómo te sientes? –preguntó con amabilidad la enfermera. Algo aturdido. –contestó el muchacho. ¿Recuerdas algo? –continuó la mujer. Casi nada. –respondió Richard cerrando nuevamente los ojos. Descansa muchacho. –dijo la voz saliendo del cuarto. -Mi nombre es Alice, tan sólo llámame y estaré aquí en un momento. Y con una sonrisa en su cara, él muchacho contestó. –Gracias Alice, el mío es Moby, gusto en conocerte.

Por Peter Cubillos