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Cuentos de rock: EL CASO ROSAS

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Por Peter Cubillos (https://www.facebook.com/petercubi?fref=ts)

El día que trajeron a Alejandro Rosas a nuestra seccional fue un día histórico. Se había generado en todo el edificio una intensa atmósfera, una mezcla de horror y admiración; como si estuviésemos a punto de ver al anticristo o algo parecido. Habíamos hablado de él durante toda la mañana, tanto que no pude concentrarme en el papeleo que me tocaba hacer.
Supongo que me impactó mucho más por ser yo un chico inexperto que recién se codeaba con casos de este estilo, pero jamás voy a olvidarme de su cara en el momento que lo vi entrar en la jefatura. Traía una remera musculosa con el nombre de una banda de rock estampado y una campera de jean sin mangas, pantalones vaqueros y botas, y el pelo hasta los hombros, pero su cara hacía que uno no se pudiese concentrar en nada más (de hecho esta descripción puedo hacerla luego de leer el reporte de un colega que parecía haber prestado más atención que yo). Tenía la mirada que tienen los venados que vamos a cazar en el otoño al sur, tan llena de nada que era desconcertante. Uno no podía dejar de mirarlo a los ojos. Parecía imposible que fuese él el que había cometido semejante atrocidad.
El resto de su imagen hacía a uno saber que el tipo era un rebelde, mucho más en esa época, donde el pelo largo y las camperas de jean eran un signo inequívoco de los reacios a la autoridad.
Me acuerdo que pasó caminando por el pasillo con un andar medio chabacano, como si estuviese a punto de irse de vacaciones, como si las esposas no le molestaran en absoluto. Lo llevaron hasta el fondo y lo metieron en la celda. Al rato vino mi jefe y me preguntó que cómo venía con el informe sobre Rosas. Le dije que ya estaba por terminarlo pero la verdad es que me faltaba más de la mitad, así que esa noche me quedé trabajando en casa, recopilando toda la información que tenía sobre Alejandro Rosas.
El tipo había estado casado solamente dos años antes de que su mujer desapareciera. En el reporte que me había entregado el oficial Vespa decía que al interrogar a Rosas en su domicilio, el sujeto se había declarado culpable de asesinarla sin ningún tipo de problema ni resistencia, pero que no había revelado el lugar en donde se encontraba el cadáver. Cosa rara, pensé, un tipo que se declara culpable así como así, pero no quiere decir a donde dejó el cuerpo. La verdad es que no tenía mucha experiencia en ese tipo de casos y no supe qué pensar. Yo venía de hacer informes sobre pendejos que asaltaban almacenes o vendían marihuana en las salidas de los boliches, así que esto me superaba por completo.
Por lo demás, Alejandro Rosas parecía ser un tipo de lo más normal. Ninguna deuda estrafalaria, ningún arresto ni problema de tipo civil, nada raro.
Cuando llegué a la jefatura al otro día y le entregué el expediente de Rosas al jefe, me preguntó que qué pensaba yo de todo eso. Le dije que para mí el tipo la había tirado en el río o algo así. El jefe se sonrió con mi respuesta. De ninguna manera. -me contestó.- Estos tipos se salen de toda ortodoxia Pérez. Un tipo que admite que mató a su mujer con tanta ligereza y después no nos quiere revelar que hizo con el cuerpo es un desequilibrado de los grandes, y de esta mugre se puede esperar cualquier cosa. Hace unos meses encontramos un tipo que había asesinado a la sobrina, la había pulverizado y había usado el polvo como abono para el jardín. ¿Y sabe que es lo peor de todo? Que le funcionó al muy hijo de puta, tenía el duraznero más grande que vi en mi vida. Dos años atrás encontramos a un viejo que usaba la mano de su difunta señora para enjabonarse la espalda cuando se bañaba. Y lo peor es que es la segunda vez que nos pasa. Acuérdese lo que le digo Pérez, nos va a salir con un martes trece que no lo vamos a poder creer. Son así estos mugres. –y cuánta razón que tenía el jefe.
Le dejé el informe y después de buscarme un cafecito para ayudarme a sobrellevar las dos horas de sueño que había podido dormir, me fui derecho para el patio del fondo a fumarme un pucho con el grupo de los mañaneros.
violin-y-rosas-rojas_1920x1200_941Apenas salí me bombardearon con preguntas sobre Rosas, sobre qué era lo que había encontrado en los informes y demás. Ahí me di cuenta de la importancia que tenía yo en todo ese asunto, y un poco se me infló el pecho de orgullo, para qué mentir. Me pasé más de media hora hablando de Rosas y disfrutando de la atención con la que me escuchaban todos, en especial una sargento bastante mayor que yo, que desde el primer día me había llamado la atención. Este es mi momento de lucirme, pensé, y vaya si lo fue.
Cuando contaba yo por segunda vez el informe del arresto de Vespa en el domicilio de Rosas, uno de los secretarios abrió la puerta del patio y me dijo que el jefe me había mandado a llamar a su despacho, así que le dejé el tercer cigarrillo a medio fumar a mi compañero y amigo personal, el comandante Silvio Meneses, y partí como una tromba para el despacho del jefe.
Quiero que venga conmigo al interrogatorio Pérez. -me dijo el jefe apenas entré. A sus órdenes, –contesté sin chistar- pero la verdad es que por dentro me corrió un frío que todavía hoy lo puedo sentir, como sabiendo que algo iba a pasar. Si alguien sabe algo sobre este Rosas, ese alguien es usted Pérez, y necesitamos resolver esto lo antes posible. –me dijo el jefe mientras caminábamos por el pasillo. Antes de entrar me frenó y me dijo que a menos que él me lo indicara, no pronunciara palabra. Lo único que tenía que hacer era escuchar las respuestas de Rosas y anotar lo que me pareciera raro o no concordara con el informe. Yo asentí y saqué del bolsillo de la camisa la birome azul.
Entramos en la sala. El jefe se sentó del lado opuesto de la mesa al que estaba sentado Rosas, junto con un doctor psicólogo. Yo aguardé sentado contra la pared del fondo, con mi block y mi birome listos para tomar nota. Atrás de Rosas había dos oficiales por si el tipo se desbocaba de un momento para otro, pero la verdad es que no parecía haber mucho riesgo. Alejandro Rosas estaba tranquilo como mañana de domingo.
El jefe sacó del saco un paquete de cigarrillos y le ofreció a Rosas uno. No fumo, gracias. –contestó de buena gana.
El interrogatorio duró un par de minutos. Rosas no dudó ni un segundo en sus respuestas, pero tampoco se apuró a responder, y todas confirmaban hasta el último detalle de la información que teníamos. El tipo decía la verdad. La manera de hablar tan calmada que tenía, hacía a uno pensar que el hombre era un sacerdote o algo parecido.
Cuando por fin concluyeron de hacerle las preguntas de rutina, el jefe se levantó y vino conmigo para confirmar la veracidad de la declaración. Hasta la última coma jefe. –le contesté. El jefe volvió a la mesa, y le disparó entonces la artillería pesada.
¿Usted mató a su esposa señor Rosas? -le preguntó sin vueltas. Rosas asintió con la cabeza. ¿Y por qué motivo? -prosiguió el jefe. Yo la amaba, pero la tuve que matar. –dijo Rosas con resignación. -se quejaba tanto. Me volvió loco. –siguió.
El jefe respiró hondo. Luego de un momento de reflexión miró de reojo al doctor psicólogo, dándole a entender que era su momento de intervenir.
¿Usted es consciente de que lo que hizo es un delito señor Rosas? –lanzó entonces el doctor. Se hizo un silencio en la sala durante unos segundos. Alejandro Rosas miraba fijo al jefe a los ojos, luego al psicólogo, pero no contestó. ¿Puede decirnos qué hizo con el cuerpo? –prosiguió el doctor. Yo sabía que la iba a extrañar, así que me la tuve que quedar. –dijo con la mirada fija en ellos, sin siquiera pestañar.
¿Qué quiere decir con que se la tuvo que quedar? –preguntó entonces el doctor psicólogo, pero Rosas no contestó. Al jefe se le crisparon los pelos, y de un grito le ordenó a Rosas que contestara, pero el tipo ni se inmutó.
Después de hacerle un par de preguntas más sin conseguir que Rosas dijera otra palabra, el doctor le comunicó al jefe que no parecía que el sujeto fuese a colaborar, y justo entonces la voz firme de Alejandro Rosas retumbó en la sala. -Todavía la escucho quejarse.-dijo con una mueca. Supongo que no sólo a mí se me crisparon los pelos de la nuca al escucharlo.
Al cabo de un momento el jefe se puso de pie y me hizo una seña para salir. Estamos hasta las pelotas Pérez. –dijo al salir de la sala. –el tipo está loco. Mejor tenerlo adentro encerrado entonces. –contesté inexperto. Ese es el tema Pérez. Si el tipo alega locura no lo podemos encerrar. Va a terminar en un loquero y nosotros con la nariz metida en el culo, sin el puto cuerpo. –la rabia se le notaba en los ojos. ¡Me cago en diez! –gritó marchando por el pasillo.
Tal y cómo lo había presagiado el jefe, Alejandro Rosas fue declarado mentalmente inestable una semana después, luego de que se requisara su casa por tercera vez sin encontrar rastros del cuerpo, y confinado a un hospital psiquiátrico. Nada de esto me hubiese sorprendido si no hubiese sido por el hecho de que en el momento que se le comunicó a Rosas que iba a ser trasladado a un nosocomio, el hombre se largó a llorar. Cosa rara, pensé. Un tipo que mata a la mujer y que admite que la mató, se larga a llorar porque no va a la cárcel.
Cuando lo comenté con el jefe, él me dijo que acá el problema más grande no era si Rosas estaba triste o alegre, sino que así nunca íbamos a encontrar el cuerpo, y el caso iba a quedar siempre inconcluso. A lo mejor tenía razón usted Pérez, y este tipo la echó al rio. –me dijo abrumado el jefe.
Así concluyó el caso de Alejandro Rosas, dejándonos la espina clavada de no haber encontrado nunca el cadáver de su mujer. Durante años en las reuniones del patio trasero se lanzaban conjeturas de todo tipo. Que se la había comido, que la había descuartizado y repartido por toda la región, que la había enterrado en el campo, y miles de otras. Yo permanecí con mi idea de que la mujer de Rosas había terminado en el agua, llena de piedras en el estómago para no aparecer flotando al otro día, y que Rosas había planeado todo desde el principio, pero nunca pude entender el llanto desconsolado de Rosas cuando lo confinaron al loquero. Quizás había querido que lo mataran, pensé.
Cuando por fin me ascendieron a investigaciones, trabajo para el que nací, como premio me dieron a elegir entre un curso de inglés o una computadora nueva. Una mierda de premio si me preguntan, pero tenía que elegir una. Como computadora ya tenía, elegí las clases de inglés como para saber algo más y salir un poco de la jefatura.
A decir verdad al principio me costó un poco porque siempre fui medio duro para los libros, pero con el tiempo me terminé por encariñar con el idioma. No así con los creadores del mismo, usurpadores de tierra, hijos de la gran puta.
En fin, unos años después para mi cumpleaños de treinta el compadre Meneses me regalo un par de cassettes para escuchar en el auto, en los viajes largos a ver a mi viejo al campo. Le pedí por favor que no se le ocurriera regalarme ninguno de bandas inglesas. ¿Y Yankees? –me preguntó Silvio. Sí, Yankees sí. Esos pobres diablos son tan colonizados como nosotros. Pasa que no lo quieren aceptar nomás. –le contesté.
Y así fue como un buen día, mientras viajaba a ver al viejo Don Pérez y su vida olvidada en el campo, me puse a escuchar los regalos de Meneses, y como ya tenía dominio del idioma pero no lo practicaba, me decidí por escuchar música en inglés a modo de repaso, intentando entender las letras de cada canción…y fue entonces cuando lo entendí todo.
En la sexta canción del cassette que por casualidad había elegido, una banda llamada “Armas y Rosas” cantaba a toda voz una canción sobre un tipo que mataba a la mujer. Casi al instante la imagen de Alejandro Rosas se me vino a la cabeza, como cada vez que escuchaba algo semejante. Pero al prestar atención a la letra, las palabras de Rosas me retumbaron en los tímpanos como campanas. Eran sus palabras, sus exactas palabras. Traduje la canción completa y repasé la letra. Llamé al jefe desde una estación de servicio un rato después.
Cinco horas más tarde encontraron los restos del cuerpo de la señora Rosas enterrados en el jardín trasero de la casa donde vivió Alejandro Rosas antes de ser capturado.
Al otro día lo fuimos a buscar al tipo al loquero. El jefe estaba tan ansioso que creí que le iba a reventar el corazón como a un sapo. Una enfermera nos acompañó hasta el comedor. Rosas estaba mirando por la ventana con los ojos perdidos en la nada. Le pregunté a la enfermera si había le había traído problemas, y me respondió que no, que ninguno, que era un paciente muy bueno, pero que andaba siempre triste. Igual lo prefiero así, los que andan alegres son los más problemáticos. –nos dijo antes de irse.
Nos quedamos un segundo parados ahí, mirándolo, sin saber bien qué hacer o decir.
Rosas. –lo llamó el jefe, y Rosas volteó. Nos miró con esa cara de cordero degollado que tenía. ¿Así que sos fanático de Guns N’ Roses? –le dije yo, y casi automáticamente se le dibujó una sonrisa tan grande en la cara que parecía que le habían hecho efecto los remedios, una sonrisa de esas que pone mi hijo cuando le digo que tengo un regalo para él, una sonrisa de felicidad pura.
Lo condenaron a cadena perpetua ese mismo día y no supimos más de él. Tampoco quisimos saber.

Un día entrando a la jefatura me encontré con el jefe en la puerta. Andaba de muy buena gana, cosa rara en él. ¿Y jefe? ¿Por qué tan contento? ¿Le pegó al Quini o qué le paso? –le pregunté. Hoy se cumple un año del encarcelamiento de Alejandro Rosas mi estimado Pérez, y todo gracias a usted. –me contestó. ¿Y por qué iba a ser ese un motivo para estar contento? –retruqué yo. Porque una lacra de semejante calaña tiene que estar encerrada comiendo mierda por el resto de su vida. –dijo con desprecio el jefe.
Yo me quedé mirándolo con pena, como el que sabe que está a punto de contarle a un niño que Papá Noel no existe.
Al tipo no le importaba ir preso jefe, al tipo le importaba hacerle un homenaje a su ídolo. –le dije mientras cruzaba la puerta.