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Cerati blues

A dos años del suceso que dejó a Gustavo en estado de coma. Por Santiago Nazar

Lo primero que recuerdo es el nombre, mucho antes de haber oído una sola nota de su música. Soda Stereo. Un nombre horrible, casi surrealista en el mal sentido; un poco en la línea de Cosméticos -para nombrar a otro grupo de aquellos primeros años ochenta. No me gustaba nada. Pensaba que alguien que llama así a su banda no podía llegar muy lejos. La semiótica -con sus contradicciones- tendría una lección para darme, con el tiempo…

 

Después sí, escuché su primer disco. En ese entonces, junto a mi generación, vivía una temprana adolescencia, todavía caminando en la vereda del sol tan brillante de Serú Girán, aquel de No llores por mí Argentina, disco en vivo de despedida del 82. Era muy difícil digerir esa música “divertida, para bailar” que proponían Soda y otros grupos.

 

En las fiestas de la secundaria ponían Te hacen falta vitaminas, Jet Set, Sobredosis de TV, sobre todo. Y en la radio a veces sonaban algunos otros del primer disco. Ya con el segundo, Nada Personal, empecé a admitir -un poco a mi pesar- que Soda iba en serio. Por supuesto que ese reconocimiento iba por el lado que menos comprometía mi anterior juicio de valor (que era poco original, ya que muchos pensábamos lo mismo): “qué buen sonido, qué bien grabado está…” De ahí a reconocer la originalidad de los arreglos y la destreza de Cerati para tocar, cantar y componer, hubo sólo un paso más.

 

O un disco más: Signos, el tercero. El primero que me gustó realmente. Tenía cierta oscuridad que lo diferenciaba de los anteriores, haciéndolo más atractivo e inquietante. El sonido, las letras y hasta la estética del disco iban por ese camino. A partir de Signos, seguí muy de cerca a Soda y a Gustavo Cerati como solista, hasta el último disco, Fuerza Natural. Me gustan tanto los discos de Soda a partir de Signos, como sus discos solistas.

 

Mientras otros músicos que me gustaban iban y venían entre discos buenos y malos, generalmente en ese orden, Cerati mantuvo un nivel de canciones y una vigencia sorprendentes, siempre arriesgando y cambiando, nunca atándose a las “fórmulas del éxito”, ni siquiera a las que él mismo había instalado.

 

Recuerdo aquellos primeros recitales, en los que todavía algo recelosos a admitir sus virtudes, resaltábamos “qué bien que suenan en vivo…”. O aquél en la cancha de Andes Talleres cuando la policía empezó con los gases lacrimógenos. Fui con un amigo y su novia, que nunca había ido a un recital de rock, y que seguramente habrá demorado muchos años en volver a ir a otro. Shows inolvidables como el de Bocanada en el cine Rex, el de “la burbuja en el tiempo” de Soda en el 2007 en River, o los dos en el Bustelo con Ahí Vamos y Fuerza Natural, parecen tan cercanos y ahora están tan lejos, de golpe.

 

Y más allá de toda imposible objetividad que pueda intentar plasmar aquí, está siempre la memoria emotiva. Como esas magdalenas que a Marcel Proust le evocaban las escenas y emociones del pasado, recuerdo tantas vacaciones en Chile con amigos, innumerables historias de todo tipo, con su música de fondo ahí…, siempre presente. La música como creadora de sentido, de un universo nuevo que nos recibe y nos invita a recorrerlo, a descubrirlo. Algo que va mucho más allá del placer o entretenimiento.

 

Quizás el hecho de que alguien tan brillante, tan virtuoso, pase de la luz a la oscuridad en un segundo, hace que nuestra incredulidad sea aún mayor. Alguien que recién a los 45 años escribe “ahora sé lo qué es perder” -más allá de lo autobiográfica o no que puede ser la letra de una canción como Crimen-, da la pauta de lo que creíamos nosotros, y -de alguna forma- el también creía: “I´m gonna live forever” (voy a vivir para siempre), como dicen los hermanos Gallagher, de Oasis.

 

Nota aparecida originalmente en la revista La Nave.